creía no haberla visto antes
cuando la encontré deteniendo autobuses,
le ofrecías dulces a los conductores
para fotografiar una reacción espontánea.
me llevó hacia ella el brillo de su cabello
o su figura tan recta,
tan extensa.
tengo lo que buscas esta noche
me reclamó sin mirar a mis ojos,
quizás, los tendría cerrados.
no podía existir mayor majestuosidad
que la simpleza de su celebración
en esa noche ruidosa.
sé que te escondiste en las letras buscando el refugio
pero empezaste a perderte
entre renglones bastardos y hojas impares,
gastadas entre las horas
de los días y las noches,
de la poesía y la mentira.
me di cuenta que la quería
cuando le hablé de ella al destino,
cuando le pedí permiso a los excesos
para que me permitan soñar
contigo una noche despejada de cielos abiertos.
tenías definitivamente lo que buscaba aquella noche
pero bien dijiste,
solo por esa noche y me encogí de hombros.
pedir piedad era un consuelo absurdo esa noche a tu lado,
dejaste que las cosas sucedan.
te veo decaer, veo como pasas las noches
del colchón al balcón fumando mil cigarrillos.
y todo lo decías con el brillo de tus uñas.
querías que te vea,
me enfrentaste sin mirarme a los ojos,
quizás, aún permanecían cerrados
y el que no te miraba sería yo.
ya no sirve lo que haces
pero me gusta verte de rodillas.
yo no pude levantarme
y me quedé esperando sus caricias.
era pálida, rubia, recta, extensa
y le caía una gota de sangre
que brillaba demasiado a mi lado.
mañana me habré ido,
ya encontrarás otras cuestiones
con las que enloquecer.
eso lo escuché con los ojos abiertos
pero ella permanecía con los suyos quietos.
aunque brillaran por dentro.