Me dí la espalda cuando debía enfrentarme
con lo poco que resta,
con la distancia que queda
para alcanzar tu abismo.
Me ví, a duras penas,
reflejado en un cristal roto
que descanzaba en el suelo de tu espacio.
Cada vez es más pequeña la distancia
y profunda la mirada,
pero no consigo llorar y me ahogo por dentro.
Nadie lo sabe en verdad,
quizás, tú tampoco tengas conocimiento
pero anoche entré en tu sueños
y hoy ya estoy muerto,
que sí, ya estoy muerto.
Voy rezando una vieja oración de vergüenza,
todo se nubla delante de mis ojos
y hasta desconfío del mismísimo cielo
que está lleno de un brillo siniestro,
de estrellas estrechas.
Será que anoche entré en tus sueños
y hoy ya estoy muerto,
que sí, ya estoy muerto.